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Negresco – Hotel Palladio

Negresco – Hotel Palladio

 

No ves que va la luna rodando por Callao

 
Buena Morfa Social Club lo hizo de nuevo. Siempre dando la oportunidad de conocer lugares nuevos, o menúes promocionales. O simplemente dándonos la excusa para hacer una salida postergada. La cuareterna hizo estragos en muchos aspectos. Uno de los tantos que me produjo a mí es la falta de ganas de salir. Casi que hiberno en mi casa desde 2020.
Vi publicado el menú de Negresco, del nuevo Hotel Palladio, de la cadena M Gallery. Me tenté. (https://www.palladiohotelbuenosaires.com/gastronomia/)
 
Ya había estado en la inauguración del M Gallery de Montevideo, el Costanero Hotel, con la cocina a cargo de Matías Faroppa, y me había encantado. (https://eatgirls.com.ar/cauce/)
 
Así que aproveché e invité a mamá. Que sale menos de noche que yo, si se pudiera. Salida de chicas.
 
Hay que disfrutar a los padres mientras están.
Jueves 20.30 la reserva. Y ahí partimos,  «a romper la noche».
Llegamos puntuales.
Un tema no menor, sino que de gran placer y que evita malhumores varios, es que tienen valet parking. Dos horas sin cargo. Dejás las llaves y ya empezaste a disfrutar.
 
Me cautivó el lobby del hotel. Me encantan los reflejos, y el juego de ellos en la recepción es divino. A la derecha el front desk, a la izquierda un pequeño living, al final del lobby el bar y luego el restaurant.
 
No es muy grande y es muy acogedor. Buena mantelería, velas, flores, te recuerda a épocas lujosas de la gastronomía.
El personal muy agradable, solícito y atento en todo momento.
 
Pedimos el menú de pasos por el cual habíamos ido. Hay que elegir el principal y el postre.
Por el principal no tuvimos problemas con mamá: yo elegí la bondiola y mamá el coulibiac de salmón. Para la elección del postre veníamos bien: mamá pide la crème caramel y yo pregunto por el Alaska, porque dudaba entre éste y el de queso y dulce. Cuando describen el Alaska, mamá salta: «Ah, yo quiero ese!». Mi interés en no repetir el postre era para poder hacer una reseña más completa aquí. Así que elegí los quesos y dulces.
 
Pero a los 10 minutos me arrepentí y me dije: vida hay una sola, vamos por el Alaska.
Traen el aperitivo, que estaba delicioso y una canasta con panes. Salta a la vista la Carta de Música de queso que estaba increíble. Pero todos los otros panes también estaban buenísimos, aunque no llamaran la atención: un pan de maíz humedísimo, el blanco hiper tierno, los grisines geniales y el de cereales muy rico. Cuando llega el amuse bouche, ya no había más pan. Nos ofrecieron más. Sabiamente y en un lapsus de reflexión profunda y auto control, dijimos que no.
 
Ahora sí, lo que viene en este párrafo es un hito y no se volverá a repetir. Me debo a mi público y por ello… comí el amuse bouche! Una ostra con una fritura perfecta, blanqueada primero en fumet y apanada en panko con un alioli de sriracha. Y trucha confit recubierta de furikake de sésamo, ciboulette, ají y dashi ( al vacío con hierbas, ajo y aceite, a 53º cinco minutos en Rational). Confieso que lo hice porque ambas estaban recubiertas, ja! A mamá, que es la especialista, le encantaron ambas. Yo doy fe de la fritura de una y de la textura de la otra.
 
La entrada es una degustación, a saber:
– Tiradito de bonito y salsa de anguila (con salsa ponzu y pickles de cebolla).
– Ostión, chipirones y langostinos con salsa de crema azafranada gratinados
– Ensalada de pato laqueado
– Terrina de invierno sobre brioche y gelée de oporto (terrina de cerdo, pato y ciervo con frutos secos, con mostaza a la antigua y pickle de pepino.
Todo perfecto, pero aplauso, medalla y beso para la ensalada de pato, que fue lo primero que probé e inteligentemente dejé para el final. Deliciosa es poco. Brasean el pato con caldo, salsa de soja, especias varias, anís, canela y naranja. A la hora de armar la ensalada, se fríen las piezas, se mezcla con mango, lima, azúcar mascabo, cilantro y chile.
NO LA HAGAN EN SUS CASAS! VAYAN A NEGRESCO Y PÍDANLA!
La entrada se acompaña con una copa de chardonnay que decliné (pero madre no).
 
Los principales, maridados con una copa de malbec: 
– Coulibiac de salmón, beurre blanc, vegetales orgánicos al comino y baba ganoush. Un hojaldre perfecto relleno de arroz, salmón, duxelle de hongos champignon y portobello, salteado espinaca y huevo duro.
– Para mí la bondiola con jengibre, miel y BBQ, cremoso de zanahoria, salteado de kale y acelga roja y coliflor asado. Esta vez la bondiola se deshacía como corresponde, gustosa como corresponde y no como otras que mejor dejar en el olvido (por mi posteo anterior).
 
El Alaska, que estaba buenísimo, tenía una base de almendras, cascos de membrillos, helado de sambayón (o sabayón, sabaione, zabaione o zabaglione, a su vez del italiano arcaico zabajone, así no me corrigen) y mucho merengue como a mí me gusta, acompañado con una copa de espumante.
 
El menú incluía también agua mineral y gaseosa.
 
Y café acompañado de unos riquísimos petit fours. Cómo amo que el café venga acompañado. Con la misma intensidad que detesto cuando lo traen solo. Es un detalle que hace todo.
 
Moraleja: impecable todo: la atención, el lugar, la mesa, la comida, la música. Vale la pena mucho ir. Y con el descuento de Buena Morfa, ni hablar. Yo ya quiero volver.
 
Por qué el título de mi reseña? Sí… la luna del título, era yo.
 
 
 
 
 
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